jueves, 5 de julio de 2012

La dura libertad


  Un sudor nervioso y frío se desliza por tu espalda. La última bomba ha caído tan cerca de ti, que ni te acuerdas si aquella pared cubría tu derecha o tu izquierda.
  Recobras la estabilidad. Alzas la mirada, y ves algo. Pero te acomodas el casco y echas otro vistazo. Él te mira. En sus ojos la ira de la impotencia de ser muy pequeño para comprender, corrompe su inocencia. Sus lagrimales están secos, su rostro sigue intentando llorar. Una lluvia de explosiones se ha llevado todo. Su padre, su madre, sus hermanos… ¿Quién sabe? A juzgar por su pequeña estructura, esa criatura no tiene más de cinco años. Se encuentra con los brazos cruzados, protegiendo su cuerpo muy fuertemente. Tiritando de miedo contra la pared. Tiene sus tiernos mofletes colorados cubiertos por el lodo, y alguna esquirla le marca la frente, dejando caer un fino hilo de sangre que gotea desde su nariz. Para cuando asimilas esto, te azota la decepción. No eran otras manos -más que la tuyas- las responsables de protegerlo, a él, a su familia, a su pueblo. Tú, que te haz levantado en armas para defender tu patria y la de todos.  Tú, que ya no sabes cómo hacer para entender que le hayan arrebatado todo, sin que siquiera puedas hacer algo. Nadie podrá quitarte eso de la cabeza. De vuelta lo miras, como si le debieras algo. Pero que no se lo puedes devolver, mucho menos darle respuestas.  Él continúa con la misma actitud, así deja de manifiesto que sus ojos están perdidos en una inmensa profundidad. Repentinamente sientes alguien detrás de ti, te das vuelta. Al sentir los impactos cada vez más adentro, te dejas caer. Y lo quieres ver a los ojos, quieres saber quién se atreve a liberarte. Quieres decirle: "gracias", porque ya nada tenía sentido.  

No hay comentarios:

Publicar un comentario