Un sudor nervioso y frío se
desliza por tu espalda. La última bomba ha caído tan cerca de ti, que ni te
acuerdas si aquella pared cubría tu derecha o tu izquierda.
Recobras la estabilidad. Alzas la mirada, y
ves algo. Pero te acomodas el casco y echas otro vistazo. Él te mira. En sus ojos la
ira de la impotencia de ser muy pequeño para comprender, corrompe su inocencia.
Sus lagrimales están secos, su rostro sigue intentando llorar. Una lluvia de
explosiones se ha llevado todo. Su padre, su madre, sus hermanos… ¿Quién sabe?
A juzgar por su pequeña estructura, esa criatura no tiene más de cinco años. Se
encuentra con los brazos cruzados, protegiendo su cuerpo muy fuertemente. Tiritando de miedo contra la pared. Tiene sus tiernos mofletes colorados
cubiertos por el lodo, y alguna esquirla le marca la frente, dejando caer un
fino hilo de sangre que gotea desde su nariz. Para cuando asimilas esto, te azota la
decepción. No eran otras manos -más que la tuyas- las responsables de
protegerlo, a él, a su familia, a su pueblo. Tú, que te haz levantado en armas
para defender tu patria y la de todos.
Tú, que ya no sabes cómo hacer para entender que le hayan arrebatado todo, sin
que siquiera puedas hacer algo. Nadie podrá quitarte eso de la cabeza. De vuelta lo miras, como si le
debieras algo. Pero que no se lo puedes devolver, mucho menos darle respuestas. Él continúa con la misma actitud, así deja de
manifiesto que sus ojos están perdidos en una inmensa profundidad. Repentinamente
sientes alguien detrás de ti, te das vuelta. Al sentir los impactos cada vez más
adentro, te dejas caer. Y lo quieres ver a los ojos, quieres saber quién se
atreve a liberarte. Quieres decirle: "gracias", porque ya nada tenía sentido.
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